Recalamos de nuevo en Castilla la Mancha, que podría reivindicarse para sí el título de “Castilla existe” puesto que es una de las comunidades con más patrimonio y con menos visitas. Después de haber explorado meses atrás las maravillas de Toledo, hoy nos trasladamos a Cuenca. La capital de la provincia es uno de los municipios más extenso de España gracias a sus casi 1.000 km2 (Barcelona apenas llega a 200 y Madrid supera por poco los 600).
Se da la circunstancia que el municipio más extenso se halla en la tercera región menos poblada de toda Europa. Como la muchas de las ciudades medievales italianas, Cuenca cuenta con un núcleo viejo en alto y una parte nueva y menos interesante desde el punto de vista arquitectónico -que no gastronómico- en bajo.
Dentro del casco antiguo contabilizamos 10 museos de diferente interés, entre los que destaca el Museo de Arte Abstracto Español, de obligada visita. Este centro exhibe una exposición permanente de 127 pinturas y esculturas de artistas españoles de la generación abstracta de los años 50 y 60 (Millares, Tàpies, Sempere, Torner, Rueda, Zóbel, Saura, entre una treintena de nombres), además de otros autores de los 80 y 90. Cierra los lunes y la entrada normal cuesta 3 euros. Actualmente la exposición temporal está dedicada al pintor Pablo Palazuelo.

La ciudad fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1996 gracias, entre otras cosas, a sus geniales casas colgadas. El museo se encuentra precisamente en una de ellas. Su origen se remonta al siglo XV, cuando se empezaron a levantas aprovechando el precipio sobre el río Huécar esplendorosas casas con balcones de madera para la gente más acomdada.
Desafortunadamente con el tiempo se han pérdido varias de ellas pero las que podemos contemplar hoy se hayan en perfecto estado de conservación. También la catedral merece una visita, aunque sólo sea para contemplar su esplendoro interior gótico. La fachada fue muy afeada durante el siglo XIX. También son encantadoras las numerosas iglesias y conventos que nos encontraremos callejeando por el centro.
Por último, conviene darle una oportunidad a la cocina de la ciudad, basada en la caza y de platos contundentes y ancestrales. Todo obviamente, acompañado de licor de resolí, el licor típico de la ciudad, elaborado a base de café anís seco, limón azúcar y clavo.