En el centro de la bella Península Ibérica, en un lugar donde la tierra se alza para dejar paso al río Huécar por sus lares, hay una ciudad medieval por la que el tiempo parece no haber pasado.

Al sureste de Madrid, en plena Castilla La Mancha, está Cuenca, que cargada de antigüedad más que milenaria, conserva un conjunto de casas asomando sobre el acantilado, cuyos balcones de madera, se atreven a sobresalir sobre la pared inmensa que se levanta desde el valle.
Puerta de la sierra, entre las hoces del Huécar y el mismo Júcar que baña Valencia, Cuenca es una de esas ciudades Patrimonio de la Humanidad, en las que se siente la frescura y el calor del ambiente según la estación se encapriche; y al asomar en algunos de sus balcones, se contempla un espectáculo impresionante, de belleza singular, que no se encuentra fácilmente en ningún otro lugar.

Recorrer las calles, y sentir la limpieza del ambiente; acercarse a los límites que marca la naturaleza y asombrarse ante tan sorprendente imagen; respirar profundamente y dejar la mente volar allá donde el pensamiento lleve…
Caminar por Cuenca es remontar el tiempo en la historia y llegar donde el Medievo reina en los recovecos de la piedra.
Caminar por Cuenca es sorprenderse al descubrir una ciudad en lo alto de un acantilado.
Y caminar por Cuenca, es, sin lugar a dudas, una experiencia que nadie debería perderse.
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