Las calzadas son siempre caminos pavimentados y anchos a lo largo de los cuales poder discurrir de manera ordenada y fácil.
Desde la Antigüedad, el deseo por hacer los caminos más seguros y claros propició su construcción, y durante la vida del gran Imperio Romano se extendieron a lo largo y ancho del territorio uniendo los confines más distantes.
Durante la Edad Media, uno de los recorridos más transitados fue la Ruta Jacobea, que reunía gente de los más recónditos lugares, dirigiéndose a un mismo destino: Santiago de Compostela.

Corría el siglo XI cuando un hijo de labradores, tras la muerte de sus padres, se retira como eremita a un bosque de encinas en Ayuela. Pasado el tiempo, Domingo, que así se llamaba el joven, comenzó a colaborar con el obispo Gregorio de la ciudad italiana de Ostia, fue enviado a Calahorra, como enviado papal, y ordenado sacerdote. Poco después, comenzaría la construcción de un puente de madera sobre el río Oja que facilitara el camino de los peregrinos hacia Compostela.
Al morir Gregorio, regresa Domingo a Ayuela. Allí, trabaja en la construcción de una calzada de piedra alternativa a la calzada romana entre Logroño y Burgos, que hasta entonces era la ruta principal del Camino en ese tramo.
He aquí la historia, de un extracto de vida, de quien dio nombre a una ciudad que, en los albores del siglo XII, ya era un pequeño burgo: Santo Domingo de la Calzada.

En la provincia de La Rioja está Santo Domingo de la Calzada, una ciudad cargada de Medievo y sabor peregrino, de historia y calles antiguas, que convierten sus lugares, en una novela escrita en piedra.
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