En la falda de la Sierra Blanca, a orillas de un Mediterráneo andaluz y caluroso, hay un lugar donde la historia, el lujo y la diversión comparten un mismo espacio lleno de atractivos.
Entre Málaga y el estrecho de Gibraltar, en la maravillosa Costa del Sol, está Marbella, donde los yates permanecen apostados en su puerto mientras en el corazón de su ciudad las trazas del pasado medieval se mantienen en el presente más actual.

En aquella ciudad poblada desde el Paleolítico, la presencia fenicia de siglos más tarde se sospecha, y se ratifica su existencia romana en los diferentes restos que han ido apareciendo, mas llegada la Edad Media, resplandece la ciudad cargada de aspecto musulmán hasta que, en el siglo XV pasa a la Corona de Castilla sin derramamiento de sangre.
Muchas son las gentes que han pasado por Marbella, muchas las culturas que la han hecho suya, y cada una ha dejado su huella y su aroma en cada rincón, y sin embargo, recorriendo el litoral de Marbella, todavía encontramos un rescoldo de las dunas fósiles y móviles que alguna vez poblaron la costa marbellí: las dunas de Artola.

En el casco viejo, el antiguo recinto amurallado y los dos arrabales históricos, la Plaza de los Naranjos, la casa consistorial, la casa del corregidor y la Ermita de Santiago, son huellas de un pasado muy presente.
Un pasado árabe, un pasado cristiano, un pasado en forma de edificios que fusionan su historia medieval y renacentista con el presente de su ciudad, con el presente de Marbella.
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