En tiempos antiguos hubo una península habitada por gentes diferentes que decidieron asentarse en lugares tan dispares…
En una antigüedad ya remota, hubo una península poblada por pueblos diversos, por íberos y celtas, astures, cántabros, orníacos, y fenicios…
Trasladados dos milenios en el tiempo, al sur de la bella Andalucía, en una zona entre el mar y la Sierra de Mijas, existió una ciudad fenicia, la antigua Saduce, que con la llegada del Imperio Romano empezó a formar parte del pasado y cedió su importancia a un territorio próximo que los romanos hicieron suyo con sus fábricas de salazones junto a las playas, sus ánforas y las termas del Peñón del Castillo.

En la calzada romana que unía Gades con Malaca aparecieron varias villas, en un lugar que, con la llegada del Medievo, reconvertido en tierra árabe, dibujó en su imagen la silueta de multitud de molinos hasta que, entre ellos, bajo el reinado nazarí, nació una torre de la almenara: la Torre de los Molinos.

Al sur de la provincia de Málaga, todavía está la Torre de los Molinos que unió su nombre para otorgar su nombre a una población a orillas del Mediterráneo más cálido.
En la Costa del Sol está Málaga, y en Málaga, Torremolinos, donde el gazpacho, el marisco, el pescado y las tortas fritas se trasforman en placer suculento.
En la costa de Málaga está Torremolinos, donde gentes de aquí y allá comparten la tranquilidad de un lugar bañado por el mar, por el sol y calor, bañado por el viento, el viento que mueve las aspas de Torremolinos.
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