A orillas del curso alto del río Duero, hace mucho, mucho tiempo hubo un pueblo valiente, muy valiente.
Hace más de dos mil años, el Imperio Romano llegaba a la Península Ibérica con un ansia conquistadora que no se detendría ante nada…
Corría el año 133 antes de Cristo cuando, el senado romano, tras veinte años de derrotas intentando conquistar una población sobre el Cerro de la Muela, ordena al afamado Publio Cornelio Scipion Emiliano El Africano Menor, a destruir Numancia… Una ciudad que se negó a perder la libertad y prefirió morir…

Más de veinte siglos separan ya la actualidad de aquel momento en el que la historia de un pueblo dejó las huellas imborrables de un gran hito más allá de la contemporaneidad de la Soria que conocemos hoy.
Pocos kilómetros al sur de aquel escenario, Soria continúa estando en el mismo lugar en que siglos atrás tomara su nombre de un caballero griego que llegó al lugar desde la lejana Acaya helénica, o quizá deba su toponimia al caudaloso Duero,…
Sea como fuere, Soria es aquella ciudad llena de monumentos que recuerdan su presente y su pasado, un pasado de Reconquista, acentuado por “la marca del Duero”, siendo el límite entre los reinos cristianos del norte y los árabes del sur, una historia por la que discurre el Camino de Santiago que recorrió San Francisco de Asís convertido en peregrino.

Soria, una ciudad de ayer y de hoy en la que recorrer cada calle se convierte en una pequeña aventura histórica.
Soria y la aventura de descubrir las huellas del pasado en el respetuoso presente, una fantasía tan fácil de alcanzar como tener los ojos abiertos y observar cada iglesia, cada letrero, cada paisaje, cada rincón.
Soria…
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