Al norte de la Costa Blanca, en la provincia de Alicante, hay un lugar donde las salinas, la costa y las rocas forman un solo conjunto que se traduce en una palabra: Calpe.
Avanzando su geografía sobre el mar, el Peñón de Ifach penetra en las aguas del Mediterráneo y se alza sobre las aguas como estandarte de un pueblo por el que pasaron multitud de pueblos, dejando huellas dispersas en los más inesperados rincones, plasmando sus costumbres y formas de vida, en los más diversos lugares.

Al norte de la provincia de Alicante está Calpe, con sus playas y sus calas, el Calpe que visitaron gentes de la Edad de Bronce y el pueblo íbero habitó.
Ese Calpe y su Parque Natural de las Salinas del que extrajeron el mineral los antiguos romanos.
Aquel Calpe que hasta los árabes hicieron suyo, dejando como huella un castillo en el cerro que dominaba el paso del Mascarat, hasta que allá por el siglo XIII, Roger de Llúria conquistara el territorio y lo tornara cristiano.
El Calpe arrasado por los piratas berberichos, aquellos piratas que capturaron 290 personas y las mantuvieron cautivas durante cinco años en Argel, hasta liberarlas a cambio de oro y piratas prisioneros.

Calpe, sus colores y su calor; Calpe y sus amaneceres tiñendo de dorado el mar, confiriendo un nuevo aspecto al peñón que se avanza frente a la costa.
Calpe, con sus aguas azules y sus tonos turquesa, con su puerto lleno de barquitas y sus casas teñidas de blanco, con ese profundo carácter mediterráneo, Calpe…
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