A orillas de un océano convertido en Mar Cantábrico, impregnado de una frescura marítima que gobierna su clima durante todo el año, Gijón se muestra juvenil y señorial estación tras estación, año tras año.
Habitado desde antiguo, las termas de época romana, hablan de un cerro amurallado, que quedaba aislado al subir la marea, lugar que, con el tiempo, llegó a convertirse en plaza de cierta importancia.

Descubrir vestigios romanos es siempre una maravilla, pero Gijón huele a mar, Gijón sabe a sidra y Gijón es astur.
Los astures, aquel pueblo bravo que plantó cara al Gran Imperio Romano y asentado en las montañas nunca se dejó vencer.
Pasaron los siglos y las gentes astures se fundieron con otras gentes, de otros lugares, de otras costumbres y creencias, pero la tradición siempre manda, la tierra tira y se convierte en historia pasada y presente, y así, todavía se oyen gaitas de origen celta, el celta de los astures, y se ve el triskel dibujado por doquier, recordando una cultura que no se ha ido, que ha dejado sus huellas más profundas en un paisaje sumamente cantábrico, sumamente auténtico.
Asturias: Oviedo y Gijón, dos ciudades y un solo hogar, el hogar del misterio y las brumas matinales, el hogar de los atardeceres bañados de océano, el hogar de las xanas y los trasgos de la mitología, la playa, y el marisco.

El verde inundando las praderas y los montes que desembocan en el mar, el paisaje de Asturias conquistando cada palmo de tierra con su frescura y alegría, y en la tierra de los astures un nuevo visitante: tú.
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