En un litoral lleno de luz y color, en un litoral visitado por comerciantes desde tiempos inmemoriales, se alza una ciudad cuyos orígenes se remontan a la Antigüedad, cuando el general cartaginés Asdrúbal el bello funda Qart Hadasht, Ciudad Nueva, tras derrotar al íbero Orisón.
De orígenes fenicios, Cartagena, fue siempre amada por los pueblos que la hicieron suya y deseada por los que anhelaban hacerla suya, y fue así como, a principios del siglo III, el famoso Scipion romano, se hizo con la ciudad y pasó a llamarse Carthago Nova.

Cuando el Imperio Romano aterrizó en tierras de Hispania convirtió su territorio en parte de él mismo y a Cartagena en la tercera ciudad más importante, detrás de Tarraco y Corduba, llegando a ser Colonia romana, por lo que sus ciudadanos se regían por el derecho romano.
Durante aquel proceso de romanización, el emperador Augusto la remodeló y dotó de un gran foro y un monumental teatro romano, casi tan grande como el espléndido teatro de Mérida.
Ha pasado ya mucho tiempo desde que Cartago Nova perteneciera al gran imperio que la dotó de magnificencia y belleza monumental, y tras la decadencia de aquella potencia de la Antigüedad, otros pueblos llegaron hasta Cartagena, moraron en sus tierras y se convirtieron en su gente.

Fenicios, romanos, germanos, árabes, y cristianos han dejado sus huellas en Murcia, en una ciudad monumental, Cartagena, una ciudad llena de sabores del Mediterráneo, de bellos amaneceres e historia, una ciudad llena de sueños.
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