En un paisaje dominado por llanuras, en un paisaje llano de campos y vegas, hay un río que fertiliza con su frescura la tierra por la que pasa, sembrando con generosidad sabores únicos que llevan el sello de lo auténtico.

Hace ya muchos siglos, comienza, en las montañas asturianas, una Reconquista que habría de ser ganada poco a poco, día a día, batalla tras batalla; una Reconquista que habría de ir ganando terreno paulatinamente hasta alcanzar la victoria mucho tiempo después…
Fue así como, allá por el siglo X, con la repoblación cristiana de las tierras reconquistadas, nace una villa que iría consolidándose hasta convertirse en una de las ciudades castellanas más importantes.
En una tierra de viñedos robustos, en una tierra que ha tomado el vino como seña de identidad, no es de extrañar que multitud de bodegas escarben sus intimidades y se descubran enormes bidones cargados del jugo de la vid, cargados con el néctar de una fruta que va madurando poco a poco y una vez convertida en caldo, se deja reposar en barricas, mientras que la naturaleza y el trabajo del hombre se funden en un mismo ambiente, dando forma a un brebaje apreciado desde antiguo.

Adentrarse en las profundidades de Castilla, es descubrir la provincia de Burgos.
Adentrarse en la provincia de Burgos es recordar tiempos de Medievo en cada uno de sus monumentos.
Y llegar hasta Aranda de Duero es regalar, al paladar, el sabor de la tierra y el aire, la fruta y la carne, el vino, la morcilla, el lechazo y el cordero.
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