En la costa de Castellón, sobre un peñón adentrado en el mar casi convertido en isla, hay una pequeña ciudad medieval, rodeada de murallas de otros tiempos, protegiendo la fortaleza que en su parte más alta se levanta.
En la Costa de Azahar, fenicios, griegos, cartaginenses, romanos, bizantinos y árabes, merodearon por las tierras de Peñíscola y la hicieron suya, mas pasados los siglos llegó hasta allí un personaje que cambiaría la singularidad de su historia para siempre.

Alzada sobre el Mediterráneo, imponente, con aires que recuerdan su pasado musulmán, se encuentra una fortaleza que hasta los míticos templarios hicieron suya, y quién sabe de qué manera, confluyeron en sus muros creencias celestiales y esotéricas, físicas, alquimia… y es que, no en vano, los monjes guerreros de la Orden del Temple consideraron el Castillo de Peñíscola como uno de esos enclaves naturales, en el que diferentes corrientes se unían dando lugar a fenómenos paranormales…
Allí está el lugar donde Benedicto XIII, el conocido Papa Luna, decidió afincar su convencimiento de ser el verdadero Papa de la Iglesia Católica en una época de guerras, corrupción, envidias y ambiciones que manchaban el honor y la pulcritud del cristianismo.

Contemplar la belleza simétrica de sus muros, de los arcos que enmarcan sus puertas, de las almenas de sus alturas, de la panorámica que ofrece el Castillo de Peñíscola, es una de esas experiencias que transportan a siglos pasados, a mundos perdidos; una de esas experiencias que dejan la imaginación volar y la razón preguntarse cómo tal maravilla ha conseguido mantener su pulcritud en el tiempo a lo largo de los siglos.
Historia, belleza, armonía y reconocimiento para el Castillo de Peñíscola, no en vano, es el monumento más visitado de España después de la Alhambra de Granada.
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