Al otro lado del Pirineo, coloreado por la frescura del río Segre, a 1223 metros sobre el nivel del mar, está la capital de la Cerdaña.
Corría el siglo XVII cuando el Tratado de los Pirineos entre Francia y España divide el territorio catalán y deja parte de la Cerdaña bajo dominio francés, pero hubo un enclave que logró mantenerse al margen de la segregación gracias a su condición de Villa.

En la provincia de Girona, al otro lado de la frontera, está Llivia, un lugar pequeño, rodeado de fronteras, de naturaleza y colores, un lugar tranquilo con diferentes acentos caminando por sus lares.
Llivia también tuvo su castillo, un castillo en lo alto de una colina, un recinto señorial con su torre maestra y sus cuatro torreones circulares. Un castillo con muralla almenada, un castillo antiguo, que fue destruido por las tropas de Luís XI, pero cuyas ruinas siguen ahí, recordando la categoría de su condición de Villa.
Caminar por Llivia y descubrir la influencia francesa, catalana y española, es todo uno; caminar por sus lares y verse envuelto en un paisaje del otro lado de la frontera, es uno solo; y al recorrer sus calles, impregnadas de olores pirenaicos, se descubre la farmacia más antigua de Europa, documentada desde 1594.

Varios siglos nos separan ya de aquel momento en el Llivia quedara como isla española en medio de un mar francés, y ahora, al pasear por sus calles, al descubrir sus rincones, se reconoce el aroma a historia que inunda sus paisajes y se sienten, intensamente, los olores del campo y las montañas que la rodean.
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