En el luminoso levante, a orillas del siempre azul Mediterráneo, en la Costa Blanca, está Alicante, y en su provincia, la maravilla de un castillo asomando sobre el promontorio rocoso entre una espesura verde.

En Denia, los aromas del verano llegan con la primavera, y un sol resplandeciente colma de colores un paisaje ya vivo y lleno de silencio, el silencio que esconde la vida: el silencio de las aguas de un mar en calma, el silencio de la brisa marina al acariciar la costa, el silencio de los montes que, no lejos de la urbe, se alzan como si fueran grandes olas de piedra y vegetación.
Unas playas llenas de suavidad mientras la espuma del ligero oleaje se desplaza hacia la orilla, y en el cielo, las gaviotas sobrevuelan un paisaje tan mediterráneo como el propio mar que lo baña.
Estás en la Costa Blanca, estás en Denia, y en ella, la blancura de las casas adorna las estaciones, aportando esa luz que el brillo del sol resalta.
Estás en la Costa Blanca, estás en Denia, aquella que fue habitada desde antiguo, aquella que íberos y romanos amaron e hicieron suya.

Estás en Denia, la Diannium de los romanos, la Dayina musulmana que tan hermoso castillo dejó como atalaya allá por el Medievo.
Estás en Denia, aquella Denia que los cristianos hicieron suya en tiempos de Reconquista.
Relájate al son del mar, siente el viento alborotar tus cabellos y… ¡disfruta de la experiencia!
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