Una mañana de primavera, una pequeña isla en el litoral que baña el Cantábrico, la brisa de alta mar acariciando los recovecos de la roca, y sobre ella: San Juan de Gaztelugatxe.

En la costa vizcaína, a tan sólo unos kilómetros de Bilbao, sobre un islote unido al continente por un puente de dos arcos, hay un pequeño templo, una pequeña ermita que sumerge sus orígenes en las profundidades del Medievo, cuando los caballeros de la Orden del Temple se erigían como guardianes del Santo Grial.
En los albores del segundo milenio de nuestra era nace un lugar que, cargado de historia y belleza medieval, rodeado de misticismo y naturaleza, sigue caminando por los senderos de nuestros días con la sencillez hermosa que adorna las cosas pequeñas.
En la cima de una isla convertida en península, en las alturas marinas de la roca caliza esculpida por el viento y la lluvia, está aquel templo que hasta Sir Francis Drake, el temido pirata inglés, saqueó en su ataque corsario.
Un lugar ermitaño, aislado del mundanal ruido, separado de la banalidad de la muchedumbre por más de doscientos escalones que ascienden el sendero de piedra y esfuerzo hasta llegar a divisar el cielo y el mar desde una atalaya única y hermosa, libre y salvaje.

Siente la energía del viento alborotar tus cabellos, siente el vigor del mar penetrar en cada uno de los poros de tu piel, siente la claridad de sol brillando sobre el lienzo azul del mar y disfruta de una experiencia diferente en el País Vasco.
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