Hace ya más de 2200 años llegó a tierras ibéricas el general romano que llegaría a vencer al terrible Aníbal Barca: Publio Cornelio Escipión el Africano. Las fuerzas romanas asentaron su campamento de invierno allí, en un lugar que llegaría a convertirse en la gran Tarraco.

Tarraco llegó a ser una de las principales metrópolis de la Antigua Roma, aquella Roma conquistadora que iba anexionando territorios uno tras otro, extendiendo sus fronteras más allá de lo que ningún imperio había hecho nunca.
Desde su acueducto a las afueras de la ciudad: El Pont del Diable, hasta su anfiteatro, todo habla de la grandeza de un imperio que dejó huellas imborrables en la historia de tantas naciones: los idiomas, las costumbres, la gastronomía, el amor por el vino, la arquitectura… todo habla de aquel pueblo que cambiaron el curso de la historia de otros pueblos para siempre.
Tarragona, sus murallas, sus templos, el foro, el teatro, el circo, la necrópolis,… cada piedra, cada rincón, cada grabado es una herencia milenaria, es un legado que da sentido a la cotidianidad, cada vestigio es Patrimonio de la Humanidad.

Muchos siglos han pasado desde entonces, muchas las personas que han recorrido sus calles y mucho lo que han visto sus monumentos, pero, al caminar las calles de esta ciudad a orillas del Mare Nostrum, todavía parecen oírse, a lo lejos, los gritos de los gladiadores luchando en el circo, un circo repleto de muchedumbre, vítores, sudor y sangre.
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